Pablo de Tarso

File"-Saint Paul Writing His Epistles" by Valentin de Boulogne.jpg

Datos personales
Otros nombres Saulo de Tarso
Saulo Pablo
Nacimiento ca. 5 a 10 d. C.
Tarso
Fallecimiento ca. 67 d. C.
Roma
Familia
Características
Ocupación Apóstol
Fabricante de tiendas
Nacionalidad Israelita
Tribu Benjamín
Religión Judaísmo
Cristianismo (Conversión)
Raza Semita

Pablo de Tarso, originalmente Saulo de Tarso o Saulo Pablo, es conocido como el Apóstol de los gentiles, el Apóstol de las naciones, o simplemente el Apóstol, y constituye una de las personalidades señeras del cristianismo primitivo.[1]

Biografía

La muerte de Esteban

Saulo nació en Tarso en el seno de una familia acomodada de artesanos, de la tribu de Benjamín, judíos fariseos de cultura helenística que poseían el estatuto jurídico de ciudadanos romanos.[2]

Según la costumbre judía, desde los cinco años aprendió a leer la Biblia hebrea y, a los quince años, fue enviado a Jerusalén para formarse a fondo en el conocimiento de la Escritura y de las tradiciones y métodos rabínicos con el famoso rabino Gamaliel. A su educación rabínica debe Pablo, no sólo muchas ideas religiosas y un conocimiento a fondo del Antiguo Testamento, sino también su dialéctica y su método exegético. Según la costumbre judía, aprendió también el oficio de fabricante de tiendas.[3] Adquirió así una sólida formación teológica, filosófica, jurídica, mercantil y lingüística, hablaba griego, latín, hebreo y arameo.

Menologion of Basil 039.jpg
Martirio del diácono Esteban.

No debía, sin embargo, residir en Jerusalén el año 30, en el momento de la crucifixión de Jesús; pero habitaba en la ciudad santa seguramente cuando, en el año 36, fue lapidado el diácono Esteban, el protomártir. En concordancia con la educación que había recibido, presidida por la más rígida observancia de las tradiciones farisaicas, Saulo se significó por aquellos años como acérrimo perseguidor del cristianismo, considerado entonces una secta herética del judaísmo. Inflexiblemente ortodoxo, el joven Saulo de Tarso estuvo presente no sólo en la lapidación de Esteban, sino que se ofreció además a vigilar los vestidos de los asesinos.

Caravaggio-The Conversion on the Way to Damascus.jpg
Conversión en el camino para Damasco de Caravaggio, en la Basílica de Santa María del Popolo, en Roma.

Conversión

Los jefes de los sacerdotes de Israel le confiaron la misión de buscar y hacer detener a los partidarios de Jesús en Damasco. Pero de camino a esta ciudad, Saulo fue objeto de un modo inesperado de una manifestación prodigiosa del poder divino: deslumbrado por una misteriosa luz, arrojado a tierra y cegado, se volvió a levantar convertido ya a la fe de Jesucristo (36 d. C.). Según el relato de los Hechos de los Apóstoles y de varias de las epístolas del propio Pablo, el mismo Jesús se le apareció, le reprochó su conducta y lo llamó a convertirse en el apóstol de los gentiles (es decir, de los no judíos) y a predicar entre ellos su palabra.

Tras una estancia en Damasco donde, después de haber recuperado la vista, se puso en contacto con el pequeño núcleo de seguidores de la nueva religión, se retiró algunos meses al desierto no se sabe exactamente adónde, haciendo así más firmes y profundos, en el silencio y la soledad, los cimientos de su creencia. Vuelto a Damasco, y violentamente atacado por los judíos fanáticos, en el año 39 hubo de abandonar clandestinamente la ciudad descolgándose en un gran cesto desde lo alto de sus murallas.

Aprovechó la ocasión para marchar a Jerusalén y ponerse en contacto con los jefes de la Iglesia, Pedro y los demás apóstoles, no sin dificultades, porque estaba todavía muy vivo en la Ciudad Santa el recuerdo de sus actividades como perseguidor. Le avaló en el seno de la comunidad cristiana Bernabé, que lo conocía bien y quizá era pariente suyo. Regresó después a su ciudad natal de Tarso, en cuya región residió y predicó hasta que hacia el año 43 vino a buscarlo Bernabé. A consecuencia de una carestía que atacó duramente a Palestina, Pablo y Bernabé fueron enviados a Antioquía (Siria), ciudad cosmopolita donde eran numerosos los seguidores de Jesús, allí se les había dado por primera vez el sobrenombre de "cristianos", para llevar la ayuda fraternal de la comunidad de Antioquía a la de Jerusalén.

Misiones

En compañía de Bernabé, Pablo inició desde Antioquía el primero de sus viajes misioneros, que lo llevó en el año 46 a Chipre y luego a diversas localidades del Asia Menor. En Chipre, donde obtuvieron los primeros frutos de su trabajo, abandonó Saulo definitivamente su nombre hebreo para adoptar el nombre latino de Paulus, que llevaba probablemente desde niño como segundo apellido. Su romanidad podía parecer oportuna para el desarrollo de la misión que el apóstol se proponía llevar a cabo en los ambientes gentiles. En adelante, sería él quien llevaría la palabra del Evangelio al mundo pagano; con Pablo, el mensaje de Jesús saldría del marco judaico, palestiniano, para convertirse en universal.

A lo largo de su predicación, Pablo iba presentándose sucesivamente en las sinagogas de las diversas comunidades judaicas; pero esta presentación terminaba casi siempre en un fracaso. Bien pocos fueron los hebreos que abrazaron el cristianismo por obra suya. Mucho más eficaz caía su palabra entre los gentiles y entre los indiferentes que nada sabían de la religión monoteísta hebraica. En este primer viaje recorrió, además de Chipre, algunas regiones apartadas del Asia Menor. Creó centros cristianos en Perge (Panfília), en Antioquía de Pisidia, en Listra, Iconio y Derbe de Licaonia. El éxito fue notable; pero también fueron numerosas las dificultades. En Listra escapó de la muerte sólo porque sus lapidadores creyeron erróneamente que ya había muerto.

Entre el primer y el segundo viaje, Pablo residió algún tiempo en Antioquía (49-50 d. C.), desde donde marchó a Jerusalén para asistir al llamado "Concilio de los Apóstoles". Las cuestiones que iban a tratarse en el concilio eran de una gravedad difícilmente concebible en nuestros días. Había que dilucidar la licitud de bautizar a los paganos, algunos judeo-cristianos se oponían aún a tal iniciativa, y, sobre todo, establecer o rechazar la obligatoriedad de los preceptos judíos para los conversos que procedían del paganismo. El éxito de su labor evangelizadora permitió a Pablo imponer la tesis de que los cristianos gentiles debían tener la misma consideración que los judíos; profundo expositor del valor de la Ley mosaica y de su importancia histórica, Pablo defendió que la redención operada por Cristo marcaba el definitivo ocaso de dicha ley y rechazó la obligatoriedad de numerosas prácticas judaicas.

El segundo viaje evangélico (50-53) comprendió la visita a las comunidades cristianas de Anatolia, fundadas unos años antes; luego fue recorriendo parte de la Galatia propiamente dicha, visitó algunas ciudades del Asia proconsular y marchó después a Macedonia y Acaya. La evangelización se hizo particularmente patente en Filipos, Tesalónica, Berea y Corinto. También Atenas fue visitada por Pablo, quien pronunció allí el famoso discurso del Areópago, en el que combatió la filosofía estoica. El resultado, desde el punto de vista evangelizador, fue más bien exiguo. Durante su estancia en Corinto, donde estuvo en contacto con el gobernador de la provincia, Galión, hermano de Séneca, inició al parecer Pablo su actividad como escritor, enviando la primera y segunda Epístola a los Tesalonicenses, en las que ilustra a los fieles acerca de la parusía o segunda venida de Cristo y de la resurrección de la carne.

Artemis Efes Museum.JPG
Artemisa de los Efesos.

El tercer viaje (53-54-58) se inició con la visita a las comunidades del Asia Menor y continuó también por Macedonia y Acaya, donde Pablo estuvo tres meses. Pero como centro principal fue escogida la gran ciudad de Éfeso. Allí permaneció durante casi tres años, trabajando con un grupo de colaboradores en la ciudad y su región, especialmente en las localidades del valle del Lico. Fue un apostolado muy provechoso, pero también lleno de fatigas para Pablo: culminaron éstas con el tumulto de Éfeso, provocado por Demetrio, representante de los numerosos comerciantes que explotaban la venta de las estatuillas de Artemisa. Pablo, refiriéndose a un episodio anterior, habla de una lucha con las fieras; es casi seguro que la expresión es metafórica, pero convergen muchos indicios en favor de la hipótesis de una auténtica prisión.

Desde Éfeso escribió la primera Epístola a los Corintios, en la que se transparentan muy bien las dificultades encontradas por el cristianismo en un ambiente licencioso y frívolo como era el de la ciudad del Istmo. Probablemente se sitúa en la misma ciudad la redacción de la Epístola a los Gálatas y la Epístola a los Filipenses, en tanto que la Segunda Epístola a los Corintios fue escrita poco después en Macedonia. Desde Corinto envió el apóstol la importante Epístola a los Romanos, en la que trata a fondo la relación entre la fe y las obras respecto a la salvación. Con ello pretendía preparar su próxima visita a la capital del imperio.

Últimos años

Sin embargo, los hechos se desarrollaron de un modo distinto. Habiéndose dirigido Pablo a Jerusalén para entregar una cuantiosa colecta a aquella pobre iglesia, fue encarcelado por el quiliarca Lisia, quien lo envió al procónsul romano Félix de Cesarea. Allí pasó el apóstol dos años bajo custodia militar. Decidieron embarcarlo, fuertemente custodiado, con destino a Roma, donde los tribunales de Nerón decidirían sobre él. El viaje marítimo fue, por otra parte, fecundo en episodios pintorescos, como el del naufragio y la salvación milagrosa, y durante el mismo el prestigio del apóstol se impuso al fin a sus guardianes (invierno de 60-61).

De los años 61 a 63 vivió Pablo en Roma, parte en prisión y parte en una especie de libertad condicional y vigilada, en una casa particular. En el transcurso de este primer cautiverio romano escribió por lo menos tres de sus cartas: la Epístola a los Efesios, la Epístola a los Colosenses y la Epístola a Filemón.

Puesto en libertad, ya que los tribunales imperiales no habían considerado consistente ninguna de las acusaciones hechas contra él, reanudó su ministerio; pero a partir de este momento la historia no es tan precisa. Falta para este período la ayuda preciosa de los Hechos de los Apóstoles, que se interrumpen con su llegada a Roma. Pablo anduvo por Creta, Iliria y Acaya; con mucha probabilidad estuvo también en España. De este período datarían dos cartas de discutida atribución, la primera Epístola a Timoteo y la Epístola a Tito. Se percibe en ellas una intensa actividad organizadora de la Iglesia.

Muerte

Decapitación de San Pablo - Simonet - 1887.jpg
Decapitación de Pablo.

En el año 66, cuando se encontraba probablemente en la Tréade, Pablo fue nuevamente detenido por denuncia de un falso hermano. Desde Roma escribió la más conmovedora de sus cartas, la segunda Epístola a Timoteo, en la que expresa su único deseo: sufrir por Cristo y dar junto a Él su vida por la Iglesia. Encerrado en horrenda cárcel, vivió los últimos meses de su existencia iluminado solamente por esta esperanza sobrenatural. Se sintió humanamente abandonado por todos. En circunstancias que han quedado bastante oscuras, fue condenado a muerte por órdenes del emperador Nerón; según la tradición, como era ciudadano romano, fue decapitado con la espada. Ello ocurrió probablemente en el año 67 d. C., no lejos de la carretera que conduce de Roma a Ostia. Según una tradición atendible, la abadía de las Tres Fontanas ocupa exactamente el lugar de la decapitación.[2]

Viajes misioneros

Este periodo de doce años (45-57) fue el más activo y fructífero de su vida. Comprende tres grandes expediciones apostólicas, de las que Antioquía fue siempre el punto de partida y que, invariablemente, terminaron por una visita a Jerusalén.

Primera viaje

Voyage Paul 1.png

De regreso a su ciudad nativa de Tarso, se unió a Bernabé y juntos viajaron a Antioquía, donde encontraron tantos seguidores que fue fundada una iglesia. Fue aquí donde los discípulos de Jesús fueron llamados cristianos por primera vez.

Después de ir a Jerusalén, para asistir a los miembros de la iglesia que estaban escasos de alimentos, estos dos misioneros regresaron a Antioquía y después navegaron a la isla de Chipre; durante su estancia convirtieron al procónsul, Sergio Paulo. Una vez más en tierra de Asia Menor, cruzaron las montañas Tauro y visitaron muchos pueblos del interior, particularmente aquellos en que habitaban judíos. Generalmente en estos lugares Pablo primero visitaba las sinagogas y predicaba a los judíos; si ellos lo rechazaban entonces predicaba a los gentiles.

En Antioquía de Pisidia, lanzó un discurso memorable a los judíos, concluyendo con estas palabras: «Era necesario anunciar a ustedes en primer lugar la Palabra de Dios; pero ya que la rechazan y ustedes mismos no se juzgan dignos de la vida eterna, miren que nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo ordenó el Señor: Te he puesto como la luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra.»

Después de esto, volvieron a Jerusalén donde los ancianos trataban el tema de la posición de la Iglesia, constituida todavía en su mayoría por judíos, hacia los gentiles convertidos. La cuestión de la circuncisión fue problemática porque para los judíos era importante que los gentiles se sometieran a este requisito de la ley judía. Pablo se mostró en contra de la circuncisión, no porque quisiera hacer un cristianismo fácil sino porque comprendía que el Espíritu ahora requería una circuncisión del corazón, una transformación interior. Planteó que la ley no puede justificar al hombre sino sólo la gracia recibida por medio de Jesús.

Segundo viaje

Voyage Paul 2.png

Duró del año 49 a 52, llevó Pablo a Silas, su nuevo asistente, a Frigia, Galacia, Troas, y a través de Europa, a Filipos en Macedonia. Lucas, el médico, era ahora un miembro del grupo. Fueron a Tesalónica, y después siguieron a Corinto y Atenas. En esta última ciudad, Pablo predicó en el Areópago y algunos de los estoicos y epicúreos lo escucharon y discutieron con él informalmente atraídos por su intelecto vigoroso, su personalidad magnética, y su enseñanza ética. Pero mas importante, el Espíritu Santo tocaba los corazones de aquellos que abrían su corazón podían comprender que Pablo tenía una sabiduría nunca antes enseñada.

Pasando a Corinto, se encontró en el mismo corazón del mundo grecoromano, y sus cartas de este período muestran que él está consciente de la gran ventaja en su contra, de la lucha incesante contra el escepticismo e indiferencia pagana. Él, sin embargo, se quedó en Corinto por 18 meses, y tuvo un éxito considerable. Un matrimonio, Priscila y Aquila, se convirtieron y llegaron a ser muy valiosos servidores de Cristo. Volvieron con él a Asia. Fue durante su primer invierno en Corinto que Pablo escribió las primeras cartas misioneras. Estas muestran su suprema preocupación por la conducta y revelan la importancia de que el hombre reciba el Espíritu Santo, ya que solo así hay salvación y poder para bien.

Tercer viaje

Voyage Paul 3.png

Cubrió el período del 52 a 56. En Éfeso, ciudad importante de Lidia, donde el culto a la diosa griega Artemisa era muy popular, Pablo fue motivo de un disturbio público ya que los comerciantes veían peligrar sus negocios de imágenes de plata de la diosa que allí florecía.

Después, en Jerusalén, causó una conmoción al visitar el Templo; fue arrestado, tratado brutalmente y encadenado. Pero cuando fue ante el tribunal, él se defendió de tal forma que sorprendió a sus opresores. Fue llevado a la ciudad de Cesarea por el rumor de algunos judíos en Jerusalén, que lo habían acusado falsamente de haber dejado entrar a gentiles en el Templo; así planeaban matarlo. Fue puesto en prisión en esa ciudad, esperando juicio por aproximadamente dos años bajo el procónsul Félix.

Los gobernadores romanos deseaban evitar problemas entre judíos y cristianos, por lo que postergaron su juicio de mes en mes, pero Pablo, que conocía perfectamente las argucias de sus enemigos, apeló al Emperador. En consecuencia, esta causa podía sólo ser despachada en Roma.

Cuarto viaje

El viaje desde Cesarea a Roma fue descrito por Lucas con una viveza de colores y una precisión que no dejan nada que desear. El centurión Julio había enviado a Pablo y a otros prisioneros en un navío mercante en el que Lucas y Aristarco pudieron sacar pasaje. Dado que la estación se encontraba avanzada, el viaje fue lento y difícil.

Bordearon las costas de Siria, Cilicia y Panfilia. En Licia los prisioneros fueron transferidos a un barco dirigido a Italia, pero unos vientos contrarios persistentes los empujaron hacia Chipre, alcanzado la costa con mucha dificultad. Pablo aconsejó invernar allí, pero su opinión fue rechazada y el barco derivó sin rumbo fijo durante catorce días terminando en las costas de Malta.

Desde aquí toma el camino hacia Roma y tiene la alegría de ser recibido por los hermanos que han recorrido a pie 50 kilómetros, pues el Apóstol no es ningún desconocido: habían recibido, tres años antes, su gran Carta a los Romanos. En Roma, existía una comunidad de cristianos, cuyo origen se ignora y que Lucas describe como numerosa y célebre por su fe y sus obras. El cristianismo había sido llevado a Roma por mercaderes judíos y permaneció al lado de las sinagogas. Cuando el emperador Claudio murió, la ciudad contaba con unos 50.000 judíos procedentes de regiones muy distintas, diseminados en las varias sinagogas de la capital del Imperio.

Pablo, llega a Roma en el 61 para ser juzgado. Durante dos años, reside vigilado en una casa particular en el centro de la ciudad, cerca del Tíber, años que emplea para evangelizar y escribir. Pasado ese tiempo, el proceso se desvanece por falta de acusadores.

Epístolas de Pablo

P46.jpg
Un folio del papiro 46, conteniendo el pasaje correspondiente a la Segunda epístola a los corintios 11, 33 - 12, 9.

Se atribuyen a Pablo trece cartas o epístolas, llamadas comúnmente "las Epístolas paulinas":

De estas trece epístolas, existe consenso en que las siete son auténticamente paulinas. Respecto a la Epístola a los Hebreos, los eruditos críticos no cristianos y la Iglesia Católica están de acuerdo en que no es de autoría paulina, lo que no es obstáculo para que tanto la Iglesia Católica como las Protestantes la consideren un texto válido y la incluyan en el canon bíblico.

Del resto, no existe acuerdo sobre si son de autoría paulina o han sido escritas por colaboradores o discípulos de Pablo. Según Antonio Piñero, en su libro "Guía para entender el Nuevo Testamento", una mayoría de estudiosos cree que no son paulinas las epístolas a Timoteo y a Tito, las llamadas epístolas pastorales, mientras que sobre las epístolas a los Colosenses, Efesios y Segunda a los Tesalonicenses las opiniones están más divididas.[3]

Pensamiento paulino

De forma imprudente se ha exagerado en ocasiones la significación de la obra de Pablo: algunos lo consideraron como el auténtico fundador del cristianismo; otros lo acusaron de ser el primer mixtificador de las enseñanzas de Jesucristo. Es cierto que trabajó más que los demás apóstoles y que, en sus cartas, sentó las bases del desarrollo doctrinal y teológico del cristianismo. Pero su realmente meritoria labor, de la que él mismo se sentía con razón orgulloso, reside en el hecho de haber sido intérprete e incansable propagandista del mensaje de Jesús.

A Pablo se debe, más que a los otros apóstoles, la oportuna y neta separación entre el cristianismo y el judaísmo; y es falso que tal separación se alcanzara mediante la creación de un sistema religioso especial, que habría sido elaborado bajo la influencia de la filosofía griega, del sincretismo cultural o de las numerosas religiones de misterios. En el curso de sus viajes evangelizadores, Pablo propagó su concepción teológica del cristianismo, cuyo punto central era la universalidad de la redención y la nueva alianza establecida por Cristo, que superaba y abolía la vieja legislación mosaica. La Iglesia, formada por todos los cristianos, constituye la imagen del cuerpo de Cristo y debe permanecer unida y extender la palabra de Dios por todo el mundo.

El vigor y la riqueza de su palabra están atestiguados por las catorce epístolas que de él se conservan. Dirigidas a comunidades o a particulares, tienen todos los caracteres de los escritos ocasionales. En ningún caso pretenden ser textos exhaustivos, pero siempre son una poderosa síntesis de la enseñanza evangélica expresada en sus más claras verdades y hasta sus últimas consecuencias. Desde el punto de vista literario, debe reconocérsele el mérito de haber sometido por primera vez la lengua griega al peso de las nuevas ideas. Su educación dialéctica asoma en algunas de sus argumentaciones, y su temperamento místico se eleva hasta la contemplación y alcanza las cumbres de la lírica en el famoso himno a la caridad de la primera Epístola a los Corintios.

Los escritos de Pablo adaptaron el mensaje de Jesús a la cultura helenística imperante en el mundo mediterráneo, facilitando su extensión fuera del ámbito cultural hebreo en donde había nacido. Al mismo tiempo, esos escritos constituyen una de las primeras interpretaciones del mensaje de Jesús, razón por la que contribuyeron de manera decisiva al desarrollo teológico del cristianismo debido a la inclusión de sus Epístolas, se atribuyen a Pablo más de la mitad de los libros que, junto con los Evangelios, componen el Nuevo Testamento.

Proceden de la interpretación de Pablo ideas tan relevantes para la posteridad como la del pecado original; la de que Cristo murió en la cruz por los pecados de los hombres y que su sufrimiento puede redimir a la humanidad; o la de que Jesucristo era el mismo Dios y no solamente un profeta. Según Pablo, Dios concibió desde la eternidad el designio de salvar a todos los hombres sin distinción de raza. Los hombres descienden de Adán, de quien heredaron un cuerpo corruptible, el pecado y la muerte; pero todos los hombres, en el nuevo Adán que es Cristo, son regenerados y recibirán, en la resurrección, un cuerpo incorruptible y glorioso, y, en esta vida, la liberación del pecado, la victoria sobre la muerte amarga y la certeza de una futura vida feliz y eterna.

En su esfuerzo por hacer universal el mensaje de Jesús, Pablo lo desligó de la tradición judía, insistiendo en que el cumplimiento de la ley de Moisés no es lo que salva al hombre de sus pecados, sino la fe en Cristo; en consecuencia, polemizó con otros apóstoles hasta liberar a los gentiles de las obligaciones rituales y alimenticias del judaísmo, incluida la circuncisión.[2]

Referencias

  1. Pablo de Tarso en Wikipedia.
  2. 2,0 2,1 2,2 San Pablo de Tarso en Biografías y Vidas.
  3. 3,0 3,1 Pablo de Tarso
El contenido de la comunidad está disponible bajo CC-BY-SA a menos que se indique lo contrario.