Los Amalecitas o Amalequitas fueron un pueblo bíblico, descendientes de un nieto de Esaú, enemigos declarados de los israelitas, que fueron exterminados por orden de Dios.

Etimología

Amalec puede significar gente de lek: "habitante del valle" o posiblemente "guerreros", "gente de presa", "hombres de las cavernas". En algunas interpretaciones rabínicas, Amalec se etimoliza como un pueblo que chupa sangre, pero la mayoría de los especialistas consideran que el origen es desconocido.[1]

Historia

Existen discrepancias en torno al antepasado bíblico de los amalequitas. Comúnmente suele señalarse a estos como un pueblo semita, descendientes de Abraham por línea directa de su nieto Esaú, también conocido como Edom (el rojo), por lo cual los amalequitas son una rama distinta dentro del pueblo idumeo.

De aceptar que los amalequitas son descendientes de Esaú estos se encuentran ubicados dentro de la quinta generación de Abraham, tercera de Esaú. Por otro lado la mención de un pueblo amalequita en Génesis 14:7, habitando en el mismo lugar donde en el futuro enfrentarían con los israelitas mucho antes del nacimiento de Esaú, puede señalar que el nombre del nieto de este no fuera el epónimo de esta tribu sino una coincidencia.[2]

Durante la Edad de Oro Islámica, ciertos escritos árabes afirmaban que los amalecitas existían mucho antes de Abraham. Algunos historiadores musulmanes afirmaron que los amalecitas que lucharon contra Josué eran descendientes de los habitantes del norte de África. Al-Masudi dijo que los amalecitas se originaron en la región de La Meca mucho antes de los días de Abraham. Ebn Arabshah creía que Amalec era un descendiente de Cam, hijo de Noé. Incluso el historiador judío medieval Nachmanides argumentó que los amalecitas no eran descendientes del nieto de Esaú, sino de un hombre llamado Amalec.

Sin embargo, es posible que el nombre Amalec se haya dado a dos naciones diferentes. Los árabes mencionan a los Imlik, Amalik o Ameleka entre los aborígenes de Arabia, cuyos restos se mezclaron con los descendientes de Joktan y Adnan y se convirtieron en Mocarabes, árabes mezclados con extranjeros.[1]

El primer encuentro entre amalequitas e israelitas se da en una confrontación violenta conocida como la batalla de Refidim. Durante la batalla, Josué comanda las tropas mientras Moisés, Aarón y Ur imploraban ayuda a Yavé , dicha ayuda se hace manifiesta en el combate mientras los brazos de Moisés se mantuvieran en alto, cuando este desfallecía y bajaba los brazos, los amalequitas adquirían ventaja en el campo de batalla. Al final, Aarón y Ur ingenian la forma de mantener los brazos de Moisés en alto colocando dos piedras que le sirvieran de base sobre la cual sentarse mientras los dos sostenían los brazos de Moisés hacia el cielo. El texto bíblico nos deja inferir que los israelitas finalmente lograron ganar la batalla.(Éx 17:8-16).

El segundo encuentro de los israelitas con la nación de Amalec que nos relata la Biblia no es menos violento que el anterior, pero a diferencia de este, los israelitas son derrotados. Luego de acampar en el desierto de Param en un lugar llamado Cadesh, Moisés procede a enviar a doce espías para que reconocieran la tierra de Canaán durante cuarenta días. Diez de los informantes enviados regresan acobardados por los pueblos que en ella habitaban e intencionalmente dan un reporte desfavorable sobre la calidad de la tierra y exageran el poder de sus habitantes, en una clara muestra de desconfianza hacia Yavé. El informe surte efecto y los israelitas comienzan a murmurar contra Dios y Moisés y se plantean el dilema de regresar a Egipto pese a que Josué y Caleb, quienes eran los dos espías faltantes, desmienten la versión de los otros diez. El incidente acaba desatando la ira de Yavé, quien no sólo acaba con la vida de los espías embusteros sino que maldice a los israelitas, condenándolos a vagar cuarenta años por el desierto, uno por cada día de exploración. Muchos israelitas optan por incursionar en Canaán pensando que es una forma de resarcirse con Dios, y pese a que Moisés les advierte que ya es muy tarde para sentir valor y que su Dios no los acompañará en batalla, los israelitas hacen caso omiso y avanzan; es entonces cuando los amalequitas salen a enfrentarlos, destruyendo a la gran mayoría y haciéndolos huir rumbo a un lugar llamado Jormá. (Núm 14:43-45).

En el libro de los Jueces, en los hechos de Ehúd se muestra cómo, antes que el juez haga su entrada en escena, Dios abandona a los israelitas por sus iniquidades y estos pierden la Ciudad de las Palmeras a manos de una coalición amonita-amalequita para luego ser subyugados por los moabitas durante dieciocho años.

Establecida ya la monarquía, durante el tiempo del reino unificado, los israelitas consiguen tres grandes victorias en contra de Amalec, la primera en tiempos de Saúl en el marco de la campaña contra los pueblos que arruinaban Israel: moabitas, amonitas, edomitas, filisteos y amalequitas, campaña de la cual la Biblia dice a cualquier lugar sobre el que marchaban las tropas israelitas, la victoria les era concedida.

En una segunda campaña, Saúl consigue otra victoria sobre los amalequitas, tras enviar emisarios a los cienos para que estos evacuaran las tierras de Amalec y no sufrieran daño en el combate. Las tropas de Saúl acometen contra los amalequitas causándoles gran daño. Pero Saúl desobedece el mandato divino y en vez de arrasar por completo con la nación amalequita se reserva para sí los mejores ganados del enemigo y toma prisionero a su rey, esto ofende a Yavé y el profeta Samuel, tras degollar al rey amalequita frente a Saúl, anuncia que la desobediencia del rey a los mandatos de la Torá han señalado el fin de su reinado.

Posteriormente, cuando David es un gran comandante del ejército israelita y dirige parte de las campañas de Saúl en contra de los enemigos de Israel, en el marco de estas, el futuro rey de Israel propina una severa derrota a los amalequitas que los deja al borde de su exterminio. En esos tiempos, los amalequitas saquean la ciudad de Siceleg, prendiéndole fuego y raptando a las mujeres y los niños, incluidas dos esposas de David, en un principio los habitantes de la ciudad buscan desquitarse con David por lo acaecido, ante lo cual David procede a organizar una campaña contra los amalequitas no sin antes preguntar a Yavé si le favorecerá en dicha campaña; ante el beneplácito del Eterno, David marcha con su tropa en pos de Amalec. Un esclavo egipcio, abandonado por uno de los amalecitas en medio del camino, es alimentado por David y le indica en donde han acampado aquellos que han saqueado la ciudad, David llega al lugar donde encuentra a los amalequitas entregados a la celebración y procede a destruir a la gran mayoría a excepción de cuatrocientos que logran huir al desierto cabalgando en camellos. David rescata a todos los rehenes, y devuelve las posesiones a sus antiguos dueños y reparte el restante del botín por igual entre sus tropa.

Mientras David daba muerte a los amalecitas, Saúl hacia frente a los filisteos en la batalla de Galboe, y pierde la vida. Un amalecita huye del campo de batalla luego de apoderarse de la corona y el brazalete de Saúl, en el camino se encuentra con David quien le indaga por los objetos que trae en posesión, por lo cual el amalecita le cuenta todo lo ocurrido en Galboe, presumiendo de haber sido él quien supuestamente dio muerte al rey israelita. David se entristece por la noticia y le indigna la actitud del amalecita por la muerte de Saúl por lo cual lo hace ejecutar en el acto.

La última aparición de los amalequitas en la Biblia es en tiempos del rey Ezequías, en que los miembros de la Tribu de Simeón, buscando campos donde apacentar sus ganados entran al valle de Guedor donde enfrentan y destruyen a varios pueblos camitas y posteriormente subieron al monte Seir donde acabaron al resto de la nación de Amalec que habían escapado en tiempos de David.[2]

La tradición de identificar a los armenios como amalecitas se remonta al siglo X, cuando fue atestiguada por primera vez en la crónica hebrea bizantina que Josippón atribuyó al judío de Italia del sur, Joseph ben Gorion.

El emperador bizantino Leo V el Armenio, que gobernó entre los años 813 y 820 d.C. hasta que fue asesinado por uno de sus principales generales, Miguel el Amoriano, fue conocido como "el Amalecita" aparentemente debido a sus leyes iconoclastas.

Adolf Hitler y los nazis han sido identificados como Amalecitas. Un prominente rabino del siglo XIX y principios del siglo XX, Yosef Chaim Sonnenfeld, reivindicó la visita del Kaiser Wilhelm a Palestina en 1898, tres décadas antes del ascenso de Hitler al poder, pues los alemanes descendían de los antiguos amalecitas.

Zalman Teitelbaum, el rabino de Haredi, denunció el proyecto sionista como de la simiente de Amalec y que nunca hubo tal secta que causara tanto daño al pueblo judío. Un alto rabino del partido Shas de Israel, Shalom Cohen, etiquetó públicamente a los sionistas como Amalec, pero aclaró más tarde que sus observaciones estaban dirigidas solamente al partido del Hogar Judío, no a todos los sionistas religiosos. Otro rabino asociado con Shas, Shimon Badani, se refirió al ministro de Finanzas Yair Lapid y al partido del Hogar Judío como Amalec.

Durante las Cruzadas, el papa Urbano II se refirió a los musulmanes como Amalecitas. El papa dijo se debe orar y luchar contra los amalecitas.[1]

La maldición de Amalec

No hubo un solo momento de paz entre Amalec e Israel, antes bien, Yavé manda destruirlos totalmente. Fue precisamente el incumplimiento de este mandamiento lo que hizo que Yavé quitara la bendición a Saúl, pues desobedeció este mandato.

Acorde con la interpretación de algunos rabinos, la nación amalequita no será destruida hasta el fin de los tiempos cuando Yavé envie al Mesías y, por lo tanto, Amalec sigue manifiestandose en forma de pueblos, ideas y actitudes que atacan y buscan el exterminio de los principios de vida exaltados por el judaísmo y al pueblo judío en si mismo.

Una tradición dentro del judaísmo rabínico es aquella según la cual durante la fiesta de Purim, en la lectura del rollo de Ester en la sinagoga, los asistentes al servicio religioso hacen ruido con las palmas o con tradicionales matracas cuando se pronuncia el nombre de Hamán, quien había orquestado la aniquilación de la comunidad judía del Imperio persa, pues de dicha manera buscan dar cumplimiento al mandato de borrar la memoria de los amalequitas, pueblo al cual tradicionalmente se dice pertenecía el malvado virrey. El pretendido linaje amalequita de Amán se extrae de la siguiente cita: "Después de tales cosas el rey Asuero encumbró a Hamán, hijo de Hamdata, agagueo, colocándolo por sobre todos los príncipes que eran con él." (Ester 3:1) El término agagueo es asociado con Agag, rey amalequita ejecutado por Samuel.

Territorio

Según la tradición los amalecitas son un pueblo nómada que deambula por el desierto del Sinaí incursionado también a los territorios del sur de Canaán y que llegaron a establecerse en la franja de tierra ubicada entre el mar Muerto y el mar Rojo.

El lugar más común que se asocia a los amalequitas es Cades, locación que después del Exodo compartían con el pueblo cineo. Fuera de Cades la ubicación más precisa que de ellos nos da la Biblia en un territorio mayor la encontramos en el Primer Libro de Samuel.[2]

Referencias

  1. 1,0 1,1 1,2 Esta página utiliza contenido de Wikipedia (ver autores) con licencia Creative Commons.
  2. 2,0 2,1 2,2 Esta página utiliza contenido de Wikipedia (ver autores) con licencia Creative Commons.
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